Rincón del Gurú: “Parécete a lo que dices” por José Dionisio Solórzano

(Foto: @jdsolorzano)

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¿Qué pasaría si Donald Trump bajara el tono de su discurso y moderara su lenguaje no verbal? Sencillo, todo el apoyo que ha conseguido hasta la fecha se esfumaría.

¿Qué sucedería si Evo Morales en Bolivia empieza a defender el capitalismo o rechaza el modelo venezolano o cubano? Perdería credibilidad con sus electores tradicionales.

¿Qué pasaría si una mañana el expresidente de Colombia, Álvaro Uribe Vélez, le pide perdón a las Farc? Hasta allí quedaría su imagen pública en la nación neogranadina.

Las preguntas y respuestas antes expuestas no descartan los virajes discursivos o las creaciones de nuevas percepciones públicas, sino que hacen un alerta con relación a los cambios veloces, sin “anestesia”  y furtivos de los mismos.

Cuando la Opinión Pública se ha creado un concepto de ti y de tu partido, entonces no puedes abandonarla así como así. Es un trabajo arduo y cada vez más difícil, en la medida que los mensajes están más profundos en la subconsciente colectivo de un país, región o localidad.

Primero, recordemos que cuando construimos un discurso político los elementos que lo conforman deben parecerse a quien lo emitirá.

Si escuchamos a un hombre visto como un “santo” hablar de venganza, odio o resentimiento, esto hará “cortocircuito” en la mente de nuestros electores, produciendo un rechazo inmediato.

Si escucháramos hoy en día a Adolf Hitler hablando de paz y con un lenguaje corporal timorato, dulce e inclusive afable, nuestra respuesta sería de sorpresa y sobre todo de sospecha.

Cuando estructuramos una imagen afable con un discurso afable, coexistirán efectivamente en la mente de los receptores finales.

En cambio, si elaboramos un discurso fuerte en una persona afable, esta no será creíble y los efectos serían perjudiciales para el dirigente u organización.

Los electores promedios votan por sentimientos, es decir que los candidatos deben generar una determinada percepción y estímulo entre ellos.

Los ciudadanos se mueven por reacción. Es decir, si generamos en ellos temor se moverán inspirados en el miedo a… o si generamos sentimientos de amor o simpatía, entonces serán  éstos  los que impulsen a los electores.

El secreto está en que el mensaje que enviemos se parezca al emisor. Si lo que decimos no es igual a lo que perciben de nosotros los públicos meta entonces produciremos un “ruido” que a la postre destruirá todo el trabajo político y comunicacional realizado.

Así como la mente nos puede jugar trucos, de esta misma forma el cerebro del elector nos puede dejar pasar un mal rato durante la campaña política.

Han existido miles de ejemplos de políticos que repiten como loros esquemas predeterminados, mensajes prefabricados, o que son moldeados por los indicadores de las encuestas, y no se percatan que cada dirigente es un mundo, y que el mensaje debe adaptarse a él y no él al mensaje.

¡Comunícate y hazlo bien!

José Dionisio Solórzano / @jdsolorzano