“Crónica de la miseria en Venezuela” por Ángel Arellano

(Foto: Cortesía)

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La gente del barrio entendió la tragedia que se vivía en la casa de Adalberto, Wilde y Esteban luego de encontrar marcas de quemaduras en las manos de aquellos niños que entre los tres no juntaban 15 años de edad.

La madre, dentro de la realidad ambientada por un cuadro de psicosis, optó por pegarles en las palmas con un metal caliente a manera de castigo por haber botado la leche del bebé en una jugarreta inocente. Los tres niños siguieron llorando toda la tarde en la acera de enfrente, acompañados por un grupo de vecinos que no entendían el arrebato de ira de la mujer que años atrás había sido líder de la comunidad, miembro de la contraloría del Consejo Comunal y buena samaritana para los que tocaban su puerta buscando apoyo para redactar una carta o hacer gestiones ante las Misiones Sociales persiguiendo algún subsidio de esos que abundaron cuando el barril de petróleo llegó a las nubes.

Los vecinos, desde la acera, miraban con gesto compungido la debacle de aquella mujer tan valiosa para la comunidad. Así como los niños eran víctimas de una agresión espantosa e inexcusable, Gladys había sido atacada por un trastorno a consecuencia del severo cuadro de estrés que la afectaba desde hace cinco años con la continua disminución de su poder adquisitivo, la reducción de las comidas en casa y la escasez de todos los productos de primera necesidad que fueron desapareciendo del hogar y del recuerdo.

Gladys tuvo un respiro en 2004 cuando pudo construir una pieza al lado de la habitación principal de su residencia para establecer una Bodega Mercal. Con este emprendimiento se bandeó algunos años. Luego la pieza se convirtió en una cocina popular subsidiada por el Ministerio de Alimentación donde unas 32 personas de las más necesitadas del barrio buscaban una vianda a la hora de almuerzo. A finales de 2012 la cocina se quedó sin insumos y el modesto ingreso mensual que percibía Gladys se esfumó. En adelante, intentó sortear algún negocio en el mundo del bachaqueo durante 2013 haciendo uso de sus contactos en Mercal para revender alimentos a la gente del barrio pero esto apenas duró algunos meses. Luego vino el constante rebusque para llegar a fin de mes con la comida en la mesa. Desde 2014 esta tarea comenzó a ser casi imposible.

De desayuno, almuerzo y cena, pasaron a un desayuno temprano y un almuerzo en la tarde. El plan era que los muchachos fueran a la escuela con algo en el estómago y llegaran a directo a comer para mentirle a las tripas el resto del día. Después todo se redujo a una comida diaria entre las dos y tres de la tarde. Los niños dejaron de asistir a la escuela por falta de útiles, de aseo personal, de uniforme y hambre. Gladys ahora tenía un bebé recién nacido, de un amor que no llegó a formalizarse y que se marchó por donde vino. Un día le dijo a sus muchachos que salieran a buscar cualquier cosa para comer y cuando estos se aparecieron en casa con una gallina robada que luego reclamaron los vecinos, evidenció la gravedad de su miseria.

Gladys, que fue una mujer sana, pujante y resuelta, estaba eclipsada por un trastorno. La actitud de reprender atrozmente a sus hijos era el signo inequívoco de su nueva condición. Nunca conoció eso que los economistas mentaban como “el ascenso a la clase media”. Gladys siempre fue pobre, en momentos menos y en momentos más, pero en ese instante, de hambre y de angustia, era menos que pobre, mucho menos.

Desde la acera los vecinos observaban incrédulos cómo luego de la agresión a los niños, la madre salía de la casa buscándolos. Lloraba y gritaba. Les pidió perdón y miró a la gente del barrio, los antiguos clientes de su Bodega Mercal, beneficiarios del comedor popular y compradores de aquellos productos bachaqueados que suministró años atrás. Todos comenzaron a gritarle amenazando con llamar a la policía. Solo una doña que tuvo una fugaz verdulería de la que apenas quedaban cestas y huacales destartalados, y que desde entonces se sentaba todos los días en su silla de cuero a ver pasar la gente, se atrevió a decir: “Fidel dijo que millones de niños en el mundo dormirán en la calle esta noche y que ninguno era cubano. Nosotros podemos decir que millones se acostarán con hambre y que muchos son venezolanos”.

Ángel Arellano
Twitter: @angelarellano
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